Cada encuentro presencial del club ocurre en un restaurante distinto. No es por variar por variar: el sitio se elige después del libro, y casi siempre por algo concreto que aparece en sus páginas.
Primero el libro, después la mesa
Cuando cerramos la lectura del mes, la pregunta que sigue es simple: ¿dónde tiene sentido conversar sobre esto? A veces la respuesta está en la ambientación de la novela, a veces en la comida que aparece en una escena, y a veces en el ánimo general del libro: hay lecturas que piden un sitio luminoso de brunch y otras que piden luz baja y sobremesa larga.

Lo que sí es innegociable
Por bonito que sea un lugar, hay tres cosas que decidimos siempre antes de reservar:
- Que se pueda oír. Si hay que gritar para hablar del libro, el sitio no sirve. Es el motivo número uno por el que descartamos lugares.
- Que quepamos en una sola mesa. En cuanto el grupo se parte en dos, se acaba la conversación común y empiezan las conversaciones sueltas.
- Que se pueda estar sin prisa. Avisamos siempre de cuántas somos y cuánto pensamos quedarnos. Un restaurante que necesita rotar la mesa en una hora no es para nosotras.
El sitio también forma parte de la lectura
Con el tiempo nos hemos dado cuenta de algo: la gente recuerda los libros asociados al lugar donde los conversamos. «El de la terraza», «el del mural de las guacamayas». La ciudad se va convirtiendo en una especie de índice del club.

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